Luis Muñoz

Luis Muñoz. Madrid

Doctor Poema

No me ausculta.
Prefiere que le mire
solamente.

Desde su página soy
una oportunidad
para saber que sabe.
El blanco en el que vive vibra
como un tambor.

En la sala de espera nadie espera.
Navegan los sonidos del pasado
rizándose en el aire y dejando cortezas.

De mi umbral del dolor quiere que hable:
-Depende del entorno –le digo por decir.

Me hace creer que soy su reto,
que le importo y que de mí depende.

Tiene a mano el silencio, su textura de miga,
por si acaso.

Los minutos transcurren
como si fueran siglos y brotasen:
fuentes de agua o sol.

No me receta nada,
o sí: que vuelva.

Fábula del tiempo

Seguramente, si lo piensas,
estos años no van a repetirse.
Vivirás su carencia irremediable,
se llenará de sombras tu mirada,
te habitará el vacío y, con el tiempo,
se destruirá tu imagen del espejo.

Y esperarás cansado, te aseguran,
muchas tardes morir en tu ventana,
buscando en la memoria
ese tiempo feliz, siempre perdido,
esa estación dorada que tuviste
y que debe ser ésta, más o menos.

Primera hora

Con sus patas de araña
el día apenas toca lo que toca.
Al cielo de la plaza lo despeina
un viento tibio.
A menudo lo oí y no lo quise:
que la repetición te manda.
No:
con la fibra de ayer, con lo que quieras
el hoy es uno.

Postales en un sobre

Tomaron un pequeño apartamento
al calor de la historia que empezaba
en un pueblo radiante de la costa.
Las familias miraban de reojo
su dulce suficiencia,
su ambigua cercanía cuando tomaban sol,
los leves empujones en la orilla
de muchachos buscándose en el juego,
la risa incontrolable,
el júbilo de luces y de compras
los días de mercado
y un remolino oscuro de murmullos
se levantaba al paso como una nube torda.

En sólo quince días avivaron
contrarios sentimientos, un ascua adormecida
y una imagen inquieta de la felicidad.

Recordarían de aquello más que nada,
muchos años después, en su país del norte,
la coartada airosa de su idioma
para hablar de deseo sin entenderles nadie,
las noches enlazadas de sus cuerpos
con las marcas blanquísimas de los trajes de baño
y un sobre con postales de vocación turística
que guardaron por siempre como un talismán:
el farero viejo cortando caña,
la junta de los bueyes en la plaza del pueblo
y una chica en biquini diciendo okey.

Costumbres

Pienso en tener costumbres.
Y en las latas vacías debajo de las aguas,
el hogar de los pulpos.

Los recuerdo de niño,
con las gafas de buzo y las aletas
como de piel de foca.
Muy dentro de una lata comida por la arena,
las patas sonrosadas con ventosas
y ese sentido atroz de propiedad.

Las costumbres se aferran a cafés,
a citas a deshora, a viajes,
como si fueran más que necesarias.
Al tiempo, sus ventosas se hacen fuertes
y su boca tenaza más aguda.

Pienso en ellas y en cómo
variaban en mi vida con tanta diligencia.

Ocho de la mañana

Le miro cómo duerme enredado en la sábana.
La esponja del descanso le borra los sentidos.

Deja pasar dos planchas moteadas de luz
la ventana entreabierta
picotea en el borde de un tiesto de geranios
un gorrión tremante
con ojos de cabeza de alfiler
y el picoteo se hace
del ritmo de una frase inquisitiva.

Pero no se despierta.
Se abraza a la almohada, se hunde como en nubes
y me atrapa al volverse alzando una rodilla.

No sé si formo parte de su sueño.
Querer es una escala y no sé si alcanza al sueño.

Interior tren

1

Los racimos de humo en el vagón de fumadores
atraviesan colgados los campos de la bruma.

Una niña en tus brazos un instante,
un cuchillo en el plato para el queso,
una dulce burbuja que, inyectada en la vena,
en su ruta de sangre, podría pararla toda.

2

No veo sino dentro:
guiones de la lluvia como espermatozoides
que organizan carreras a través del cristal.
Los bosques fragorosos, el orden de las casas,
los caminos que cruzan y las gentes que esperan
al pie de los andenes, se desdibujan pronto.

También dejas de verte en el reflejo.

Una gota que tiembla en una zeta,

adelanta y engulle a otra más grande.

   

3

El chico de los dedos comidos
de betún,
muerde de lado un bocadillo
de carne confitada.
Despuntan en sus ojos,
que mantiene en el prisma
añil del horizonte,
mientras el tren avanza,
las torres de un país que busca el mar
como razón y espuela del silencio,
los albores de un sueño que desbroza el trabajo,
mañana por mañana sin detenerse un punto
y una cortinilla que vela tu mirada
como de no querer, ahora ni nunca,
sino tan sólo aquello que ha esperado.

Culatra

De regreso a la isla de Culatra, en Portugal,
en el breve trayecto en barco,
el pelo se le abría con el viento
como hojas de palma.

Toda la luz se oía
igual que el merodeo de las olas
dentro de él.

El vello de la nuca
era a la vez un camino de espigas delicado
y un resto primitivo de descendiente del mono.
Sus encías, todo frescura
y animalidad.

En un omóplato,
la rosa de una herida le brillaba
con un dolor agudo que viajase por dentro.

La vida de la tarde,
ese asentamiento que va muy poco a poco,
de fruta, de pescado, de sal,
que se deja querer,
pero que sobre todo mira
y en la contemplación
hace que encaje cada pieza del mundo,
era un color dorado y verde.

Las calles de Culatra
son de arena con base de cemento.
Ni siquiera dibujan
sino que siguen solas por debajo
de un pálido amarillo recorriendo la isla.

Algo no se ha movido
por que este movimiento siga.
Un eje dulce,
que cuando sacan sillas a la calle,
al remendar las redes,
al reponer las latas de la tienda
y preparar café bajo un chamizo blanco
se ha mantenido igual.

Cuando la muerte asome
todo estará en un ciclo que termina
y empieza,
como pausa hasta un salto,
como cara del sol para la sombra.

Cuando el amor apriete
su mandíbula tendrá también
el resto de las cosas
y el hilo de la gana
irá desde el calor de las esteras
a las pequeñas barcas desguazadas del puerto,
a las lenguas del mar y al calambre de peces
día sí y día sí.

Raíces

En el trasplante se quedaron fuera.
Una maraña blancuzca y carnosa
como con algo obsceno.

Pensé en transformaciones,
en galaxias perdidas, en intestinos.
Luego, al arañarme, solamente
en lo que me dirías.

Cogimos tierra nueva,
coloqué con cuidado las raíces
y añadimos más tierra.
Todo el espacio alrededor
parecía crecer y acomodarse.

Las envidié en silencio porque empezaban algo.

Campo de alcornoques

No sé por qué, respiran paz,
la que no tengo.

Ordenan la mirada, la sostienen,
le dan fuerza, la fuerza de esperar,
la que me falta.

Son dependientes y únicos.
No sucumben al hoy.
No conocen la duda, su cadena explosiva.
No se llenan de noche,
la que me sobra.

Dejar la poesía

Por restar mientras que tú sumas.
Por llenarte de pájaros la mesa.
Por llevarte adonde no sabes salir.
Por castigarte sin hablar.
Por decirte: estás solo.
Porque le rindes cuentas.
Por preferir que cargues
con su dolor de siglos
cuando te sientes nuevo.
Por su imán descabellado.
Por la sed que produce
cuando finge ser agua.
Por su vida paralela.
Por hablarte
cuando quieres dormir.
Por su orgullo de bestia descarriada.
Porque mira a la muerte
con el rabo del ojo
cuando canta oh belleza.
Por no dar explicaciones.
Por suficiente.
Por insuficiente.
Por beberse la sombra de mañana.